Cualquiera podría pensar que es una rutina, pero es difícil decirlo cuando sólo lleva una semana haciéndolo. El libro, el mismo de siempre, al igual que la botella de agua mineral. A veces sus marcadas ojeras y su ropa hacían suponer que ni siquiera se había ido de ahí. Como un cura al preparar misa, arreglaba todo dispuesta a leer, repitiendo, casi de memoria, versos que furtivos huían hacia donde me encontraba.
- Me escuchas bien. - Dijo.
- En ocasiones. - Contesté.
- No sabía si este era tu libro favorito, pero lo encontré entre tus cosas.
- Lo era hasta hace una semana. – Increpé.
- Siento haber perdido el control ayer, pero realmente no sé que más hacer.
Estuve tentado a decir muchas cosas sin embargo el cansancio de esta ocasión era mayor y preferí optar por el silencio.
- ¿Ahora qué ocurre?. – Pregunté.
- Lo siento, es un poco complicado leer esto.
- Son sólo unos tristes sonetos, nada más. – le aclaré.
- Esto es demasiado, no puedo seguir…
Sus palabras fueron momentáneamente interrumpidas por otra mujer que entró en la habitación.
- ¿Cómo está?. – Preguntó.
- Sigue igual, impávido y sereno.
Por breves instantes me pareció que ellas me estaban ignorando.
- ¿hace cuánto que está así?. - Preguntó otra vez.
- Hace ya una semana que está así. – dijo mi rutinaria acompañante.
- No te rindas, debes ser más fuerte que nunca. Va a lograr salir de esto tarde o temprano. – le dijo. –
En ese momento entendí todo. El mundo a mí alrededor se derrumbó, únicamente atine a gritar, sin embargo sólo producía silencios. Mí acompañante comenzaba al igual que otros días, a leer, el mismo libro.











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